Benedetto, el italiano de los techos.

Autora: Marta Cardoso

Mi abuelo, como buen trabajador del ferrocarril y hacedor de sobremesas largas, nos instruía sobre el recorrido de los trenes en tiempo de la colonización ferroviaria. Un día, contó que Colonia Castex bendecía a los recién llegados con laborioso entusiasmo. Por eso muchos de sus amigos de Italia habían elegido esta comarca para instalarse. En tiempos de la inmigración se rendía culto a la hermandad –refería–… Necesitábamos unos de otros. –Entrecerraba los ojos, cruzaba sus manazas sobre el abdomen y proseguía melancólico–…  A pesar del trabajo diario que ayudaba a disimular la distancia de nuestra familia europea, nos estrujaba la ausencia.

Era sabido que en aquellos tiempos, el intercambio de cartas con el viejo continente tardaba meses en ir y venir; entonces, las reuniones entre gringos servían para anoticiarse de lo que cada uno recibía. El abuelo apreciaba el valor de estos encuentros; como buenos italianos no olvidaban que a los amigos se los agasajaba con pan de amasado lento.

Mientras hablaba cansino, sus ojos no disimulaban la nostalgia anidada en el semblante, en la voz, en el cuerpo entero. Escucharlo, era como un canto.

–Me hubiese gustado quedarme con los colonos que se afincaron en Eduardo Castex, pero, el ferrocarril decidió otro destino para mí.  Por suerte, a menudo se hacían obras de herrería en ese puesto, también en Boeuf [1]; al tener que quedarme varios días, aprovechaba para visitar a mis amistades italianas.

Al abuelo no se lo podía interrumpir mientras relataba, pero yo, impiadosa preguntona, lo hacía igual.

−Abuelo, contame sobre el fantasma del violín. El tío Joel me dijo que muchas veces lo viste.

−Bah… tu tío, agranda las cosas, Marta.

−¡No, dale, contame abuelo!

 Él también disfrutaba con aquella historia.

−El armado del techo se lo encargaron a Benedetto. Como techista no tenía igual; andaba de estación en estación haciendo esa tarea. Trabajaba sin parar. –El abuelo se atusaba el bigote entrecano y sonreía evocativo–. Pero, a medio día, se sentaba en el piso de la sala de espera, cruzaba las piernas en posición de loto, sacaba la petaca con ginebra, tomaba un picoteo y decía con su acento piamontés… “Es para estimular al violín”.

Fiel a mi estilo volvía a interrumpir:

−¿Qué música tocaba, abuelo?

−¡Y qué iba a ser, nieta mía!

Se enderezaba, aflojaba el cuello y cantaba:

Ma n’atu sole/Cchiu’ bello, oi ne’/’O sole mio/Sta ‘nfronte a te/’O sole, ‘o sole mio/Sta ‘nfronte a te/Sta ‘nfronte a te.

−¡Qué hermoso! Cantalo otra vez, abuelo. ¿Lo conociste?

−Sí, los italianos éramos una cofradía. En aquella estación tuve la suerte de oír este concertino varias veces. –El abuelo repetía conchertino con aire de tenor–. Me ponía la piel de gallina —admitía.

−Si ahora es un fantasma es porque murió, ¿o no, abuelo?

−Sí, Marta. En un accidente terrible. Enganchaba vagones cuando la máquina pegó un topetazo y lo volteó entre sus ruedas. Al enterarme sentí una profunda congoja; esos dolores fríos que se instalan en el alma para siempre.

El abuelo se mesó el cabello, se sonó la nariz y prosiguió:

–Pasó el tiempo. Hacía años que Benedetto había partido. Un mediodía yo estaba soldando la reja de la ventana de la estación de Castex y, justo cuando escuchaba sonar las doce campanadas del reloj, el inconfundible olor a nebrinas me recordó a la ginebra del italiano. El aroma envolvía el ambiente como vapor de incienso. En el rincón habitual, Benedetto tocaba “O sole mio”. Lo consideré una alucinación. Me fui rápido, sin mirar atrás.

–¿Te asustaste abuelo?

 –Bueno, Marta, un poco sí. Me tomó de sorpresa. Pero años más tarde, acompañaba a Ricardo Nervi a buscar unas cajas de libros que habían llegado a la estación, cuando él me miró extrañado y, aguzando el oído, preguntó: “¿De dónde viene esa melodía? ¿Dónde está el violinista?”

Mi madre, que escuchaba el relato en silencio, al ver mi desconcierto refirió que, en aquella oportunidad, Ricardo había recorrido la estación siguiendo el sonido celestial del instrumento prodigioso. El abuelo no se había atrevido a decirle que consideraba a la invisible melodía como un fenómeno sobrenatural, porque no quería que Ricardo pensase que la locura lo andaba rondando.

Ahora, mientras el confinamiento por el Covid 19 nos somete, me entretengo recuperando imágenes y recuerdos de las estaciones ferroviarias que me envían amigos por Facebook. Me sorprenden las fotos de la estación de Eduardo Castex y el retrato del maestro Juan Ricardo Nervi. Todo me remonta a mi abuelo inmigrante y sus historias de sobremesa larga. Con una sonrisa de añoranza pienso en Benedetto, el violinista italiano, y en la melodía fantasmagórica. Cierro los ojos y escucho la voz del abuelo.

Sigo mirando fotos viejas… la larga mesa de las fiestas navideñas, los cumpleaños, los bailes en el patio de la casa solariega, algunas muñecas, el abuelo, mate en mano, apoyado en un árbol junto a Benedetto.

Me llega con la brisa un eco distante…

Ma n’atu sole/Cchiu’ bello, oi ne’/’O sole mio/Sta ‘nfronte a te/

‘O sole, ‘o sole mio/Sta ‘nfronte a te/Sta ‘nfronte a te.

La emoción me sacude por dentro.

[1] pequeña estación cercana en departamento de Conhello


Nota de autora: Agradezco las fotos de Alejandra Rodriguez, Diana Blanco y Museo Juan Ricardo Nervi.

Autora: Marta Elena Cardoso nació en General Pico, La Pampa, el 03 de agosto de 1953. Autora y narradora infantil. Dedica gran parte de su obra a la literatura infantil-juvenil. Coordina talleres de socialización con la literatura (promoción de la lectura y narración oral) para niños, niñas, jóvenes, adultos y adultos mayores.

Creadora del personaje Juan Batata: Junto a la compositora María Teresa Leguizamón son autora-compositora de música infantil con 13 canciones, titulado: “Juan Batata y sus amigos”.

Autora de las letras de: “El chingolo de la pampa” y “Gato de domingo” musicalizadas por el profesor Humberto Somoza.

Colabora en Comisión de Apoyo de Biblioteca José Manuel Estrada y en la Asociación Civil Grupo de Escritores piquenses.

La Cámara de Diputados de la Provincia de La Pampa, mediante Resolución N 189∕19, declaró de Interés Legislativo las obras literarias “Juan Batata, una mascota vegetal”, Libros de Colección Batata, El caldén viejo y Homito, el artista de la prehistoria, fundamentando el aporte al desarrollo y difusión de la literatura infantil de la provincia de La Pampa, anteriormente lo había hecho con el libro “Colores”

Socia de S.A.D.E. N 7413

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