En la actualidad, el turismo ha dejado de ser una simple práctica de ocio para institucionalizarse como una actividad socioeconómica estratégica y esencial para el desarrollo nacional. Para una provincia, tratar seriamente al sector no es una opción, sino una necesidad imperante para diversificar su matriz productiva y generar riqueza en regiones donde a menudo no existen otras alternativas rentables y sobre todo generar variados puestos de trabajo.
La realidad plasmada en la competencia en otras provincias y destinos, demuestra que no alcanza con tener un organismo de turismo: el éxito depende de una construcción institucional sólida, recursos humanos calificados y un respaldo académico que transforme las “impresiones” en datos científicos.
El motor económico: La exportación que no se va del país
El principal beneficio de apostar por el turismo es su carácter de exportación invisible. A diferencia de los granos o el petróleo, en el turismo es el consumidor quien se desplaza hacia el producto, permitiendo que la provincia retenga el valor agregado y tenga un mayor margen de maniobra sobre los precios mediante la diferenciación y la calidad. Además, posee un potente efecto multiplicador: cada peso gastado por un turista fluye hacia hoteles, restaurantes, transportistas y pequeños comercios, inyectando liquidez en toda la estructura social.
Obviamente este beneficio no es “maná del cielo”. Si no se gestiona con seriedad, se corre el riesgo de sufrir un sinnúmero de sinsabores donde podemos resaltar la fugas de divisas —donde la renta sale de la provincia para pagar insumos importados o utilidades de empresas foráneas— o de superar la capacidad de carga de los destinos, destruyendo el capital natural que le dio origen.
La trampa de la “burocracia turística”
Existe la creencia errónea de que la existencia de un organismo oficial garantiza el desarrollo. La historia reciente muestra que muchos entes oficiales han trabajado de forma centralista o han impuesto políticas que cambian con cada gobierno, impidiendo una planificación de largo aliento. Para que el turismo funcione como herramienta de desarrollo social, es indispensable un consenso que trascienda al sector, involucrando a otras áreas del Estado en la provisión de bienes públicos como seguridad, rutas y conectividad, que el mercado privado no puede proveer por sí solo.
Simplemente tener recursos naturales no basta; estos deben transformarse en productos turísticos accesibles mediante un marco legal y de planificación que dote al destino de infraestructura y servicios de calidad. Sin esta mirada integral, el crecimiento suele ser espontáneo y desordenado, provocando inflación local y malestar en la comunidad residente.
¿Con que competimos?
En esta nueva era, el magnetismo de un destino ya no reside únicamente en la playa paradisíaca o la montaña más alta; los atractivos se han diversificado hacia un mosaico de motivaciones más complejas y sofisticadas. Los viajeros actuales, cada vez más informados y experimentados, buscan sumergirse en la cultura y gastronomía local como parte de una “experiencia local” auténtica, valorando incluso los productos alimenticios saludables y orgánicos como eje de su elección. Existe un interés creciente por redescubrir el pasado y las corrientes inmigratorias, rescatando identidades asociadas a las colectividades que configuraron el paisaje socio-espacial y cultural, como se observa en la puesta en valor de la herencia inmigratoria en Argentina. Asimismo, la producción local —que abarca desde viñedos y establecimientos rurales hasta actividades agrícolas y artesanales— se ha integrado a la oferta mediante circuitos temáticos que permiten al turista ser parte del proceso productivo. Esta búsqueda de lo auténtico y la diferenciación se complementa con una demanda imperante de contacto con la naturaleza en espacios con limitada presencia humana, donde el viajero busca un ambiente saludable y experiencias transformadoras que alineen el viaje con sus valores personales de sostenibilidad y bienestar.
Ese contexto le da al turismo la herramienta idónea para posicionar productos y marcas locales, que de otra manera les costaría mucho venderse en mercados distantes. Eso combinado con el comercio electrónico abre nuevas posibilidades de desarrollo local antes inimaginables.
El factor humano: La verdadera ventaja competitiva
El turismo es una actividad económica intensiva en factor humano, y la calidad del servicio es lo que determina la imagen de marca de un destino. Las fuentes subrayan que tradicionalmente el sector se ha caracterizado por empleos estacionales y poco calificados, pero el escenario actual de competencia global y nuevas tecnologías exige un cambio de paradigma.
Es fundamental formar recursos humanos calificados que puedan gestionar procesos complejos como el Revenue Management, la sostenibilidad ambiental y la atención personalizada. Invertir en la capacitación de la comunidad receptora y de los profesionales del sector permite que el empleo deje de ser un costo para convertirse en un valor agregado diferenciador que seduzca a un turista cada vez más exigente e informado.
El rol del sector académico: Salir de la “niebla”
Finalmente, tratar seriamente al turismo implica estudiarlo desde el rigor científico. El sector académico es el encargado de proveer el insumo principal para el desarrollo: el conocimiento. No se pueden tomar decisiones estratégicas basadas en intuiciones; hace falta investigación para implementar herramientas como la Cuenta Satélite de Turismo, que permite medir con exactitud cuánto aporta la actividad por ejemplo, al PIB provincial.
Las universidades deben integrarse con los organismos públicos, las cámaras empresariales y los sindicatos para generar procesos de transferencia tecnológica y diagnósticos precisos sobre las motivaciones de la demanda. Como señalan los expertos, solo a través de la investigación y la comprobación de resultados se podrá demostrar a los tomadores de decisiones y a la sociedad en general que el turismo es, efectivamente, una vía real hacia el bienestar económico y social.
Por lo tanto es evidente que las provincias necesitan casas de estudio donde el turismo sea una carrera y un área de investigación y de transferencia estratégica.
Por Jose Luis Lopez Ibañez: Licenciado en Turismo, consultor, profesor universitario y miembro de Número de la Academia Argentina de Turismo.


